miércoles, 10 de marzo de 2021

 

PASAJE VELEZ

 

                                               “…To die, to sleep; To sleep: perchance to dream: ay, there's the rub; For in that sleep of death what dreams may come When we have shuffled off  his mortal coil, Must give us pause: there's the respect That makes  calamity of so long life; For who would bear the whips and scorns of time…”

                                                                                                                                     (Hamlet III, 1, 60)

 

            Prefiero caminar, le dije a Ara mientras contaba la cantidad de cervezas que habíamos tomado en un viejo Pub de Belgrano.

            Preferi caminar a recordar el inusual suceso que por esas circunstancias del destino tuvimos  que vivir mientras pensábamos  que íbamos a comer.

            Es difícil elegir cual de las dos situaciones es mas digna de relatar, la primera inusual pero real, la segunda casual, inimaginable.

            Toda situacion tiene una causa que la antecede y la de aquella caminata era en verdad absurda y desagradable.

            Nos habíamos citado como todos los viernes del año para hablar de infinidad de cosas que se nos venían a la mente en la semana. La gran mayoría de esos pensamientos, desaparecían en esas veladas y algunos pocos se quedaban como esperanzas de proyectos que nunca se concluían. No importaba para nosotros que el mundo conspirara contra nuestro afán creativo, esos momentos de catarsis coronado por algunas pintas de cerveza eran suficientes para permitirnos volar nuevamente durante la obsoleta semana que se avecinaba.

            Mientras transcurría nuestra amena charla de anécdotas y recuerdos que proponían conocer quizás otras vidas que habíamos tenido antes de conocernos, unas mujeres se sentaron en la mesa dispuesta al lado de nuestra ventana. Las mujeres siempre llaman la atención, aunque la conversación sea tan introvertida y cerrada que no permita percibir siquiera el entorno normalmente ruidoso de un bar o un restaurant.

            Más allá de su condición de género, lo cierto es que nos taparon la vista que antes teníamos, donde se podían ver las vías del ferrocarril que esporádicamente pasaba y una plaza que al anochecer comenzaba a ser el resguardo de inevitables personajes.

            Intentamos, proseguir con el tema que habíamos dejado por breves instantes, pero la conversación y su consecuente conclusión se perdió en esos lugares misteriosos de los cuales, salvo en sueños, ya no podía regresar.

            Hablamos entonces de los límites que se llevan innatos o no y de aquellas razones que permiten entender el por qué de las decisiones de la vida.

            Las mujeres se reían mientras tomaban unos tragos coloridos y adornados con hojas de menta o rodajas de naranja. Los gritos de ellas, aún con el vidrio separándonos de sus palabras, nos hacían detener de vez en cuando para hacer alguna estupidez como levantar nuestro vaso para hacer un brindis lejano y sin sentido.

            Fue así como la más pequeña de estatura se levantó tambaleándose entre las sillas de sus amigas y luego de apoyarse con sus brazos en la ventana, lanzó tal vez todo el alimento y la bebida que había consumido en el día. El vidrio se mancho de un líquido viscoso y rosáceo, que Ara se quedó mirando.

            En ese mismo momento, porque nada suele suceder de manera antojadiza, el mozo llegó a nuestra mesa con una picada muy bien presentada.

-         Disculpame – le dijo mi amigo repitiendo la cerveza que casi llegaba al borde de su boca, tal vez preparándose para hacer una obra de arte también de nuestro lado de la ventana – la verdad que se me fue el apetito.

-         Traeme la cuenta de lo otro – dije yo – y decile al dueño que nos perdone pero mirá lo que paso – terminé de decirle, señalándole el otrora vidrio transparente.

            El mozo hizo un gesto de desagrado pero entendió la situación. Al rato estábamos caminando por el costado de la antigua estación, mirando un gomero centenario cuyas raíces trazaban los mismos caminos que el líquido desencantador que nos había evitado continuar en aquel bar y en aquella charla.

            Como dije al principio, los más absurdos o atroces eventos son la causa de otros que permiten descubrir que la existencia tiene al menos un sentido; aunque muchas veces la cadena parezca interminable y pesada y el tiempo no alcance para vislumbrar apenas un final.

            Nuestro camino nos llevo al límite de ese corredor colmado de árboles frondosos y plantas que el tiempo había permitido que fueran gigantes. Mi amigo frenó su marcha y entusiasmado comenzó a caminar alrededor de un cartel indicador de calles.

-         ¡Este es el pasaje Velez! – exclamó mostrándome el cartel – Acá a la vuelta esta el fin del mundo – dijo con seguridad.

            Sonreí, era una buena idea, el fin del mundo siempre estaba en algún lado, sin embargo, no parecía el lugar adecuado para esa meta incongruente que el ser humano siempre había tenido.

            Mi amigo comenzó a caminar hacia el final del pasaje, yo lo seguí, no por creer lo que decía sino porque debíamos volver juntos y el lugar parecía ser uno de esos donde una vez perdido y con varias copas encima, el regreso podía llegar a dificultarse.

            Lo alcancé y mientras él miraba hacia todos lados me explicó que una tarde, en su infancia, habían entrado a una de esas misteriosas casas abandonadas de Belgrano, y que dentro de un mueble cubierto de polvo y desplomado sobre el piso, había encontrado un papel amarillento que sólo decia “el fin del mundo se encuentra detrás de las cuatro ventanas anaranjados del pasaje Velez". El hallazgo hizo que su travesura continuará con la búsqueda de aquel pasaje, pero fue infructuosa, no existía tal lugar en Belgrano. Anduvieron mucho tiempo adentrándose en aquellos lugares que podían coincidir con la descripción, pero nunca lo encontraron. Luego, con el paso de los años, lo olvidaron.

-         Mirá – me dijo mostrándome una casa con cuatro ventanas cubiertas por una cortina anaranjada que dejaba apenas ver una luz tenue y varias figuras moviéndose en el interior.

      Sonreí, pero un leve escozor me invadió  no me gustaban mucho las cosas metafísicas y mucho menos si venían acompañadas de relatos de antiguas casas abandonadas, polvo y travesuras infantiles.

      Mi amigo golpeó la puerta de la casa de las ventanas, esperamos apenas unos segundos y la abrió un joven en musculosa que nos saludó con acento venezolano.

-         Pasen - nos dijo indicando una gran sala llena de gente. 

            Había algunos que estaban sentados en el piso de cerámicas rojizas y otros se distribuían en un sillón de tres cuerpos y unas sillas destartaladas. Al fondo cuatro o cinco personas hacían una fila en silencio y frente a una puerta.

            Mi amigo se me adelantó y caminó hacia allí. Era una puerta que alguna vez había estado pintada de blanco. En el medio tenía un cartel escrito a mano con una fibra negra que decía “Fin del mundo”. Me largué a reir. Mi amigo intentó correrme del lugar afligido.

-         ¿Estás loco? – me dijo preocupado.

-         Que querés que haga – le dije intentando calmarme – No pude evitarlo y te juro que tenía miedo hace un rato pero cuando vi el cartel…

-         Esta gente cree – me explicó.

-         Me imagino – le dije pensando en volver al Pasaje y de ahí al auto y a mi casa.

-         Hagamos la cola, dale – me imploró mi amigo juntando sus manos.

            Pensé unos momentos que no existía otra cosa más divertida que estar en ese lugar y por lo tanto accedí. Nos pusimos al final de la cola y descubrimos que se entraba una vez que un viejo escondido detrás de una lámpara de pie hacía un silbido. Juro que pensé en irme varias veces más, pero no quería estropear la última pista de la búsqueda del tesoro de Ara.

-         Pasá vos primero – me dijo – si paso yo, seguro que no vas a entrar.

-         Voy a entrar no te preocupes – le contesté – pero para que te quedes tranquilo voy primero.

            Un rato después era mi turno, el viejo me miró de arriba abajo. Me llamó y me dijo: - No deje la puerta abierta, ya perdimos tres salones como éste.

            Le sonreí. Escuché el silbido y entré.

            Al principio intenté buscar alguna llave que encendiera la luz, no veía nada. Luego me dí cuenta que mi cuerpo había desaparecido.

            Al no poder desplazarme tampoco sabía si había paredes o límites.    Comencé a desesperarme pero nada que hiciera podía modificar ese estado en el que me encontraba, no estaba yo, no estaba mi cabeza, mi boca, ni mis pies ni mis rodillas.

            Tardé unos minutos en darme cuenta que en verdad si estaba porque mi mente no me había dejado y no tenía nada que hacer salvo pensar o recordar – que muchas veces suele ser lo mismo - .

            Sin ojos sin sonidos sin olores sin gustos. Nada. Había llegado a la meca de los incrédulos, sin embargo todo ese espacio tal vez infinito lo ocupaba yo de manera inconmensurable.

            Al rato me di cuenta que podía reproducir imágenes y sonidos. Recordé una canción de Simon y Garfunkel y comencé a tararearla aunque no se escuchara “The sound of the silence”. Luego vi nítidamente el ciprés caído sobre el tejado de una casa tras un tornado en 1974, estuve en la ronda en el jardín de infantes, en el esqueleto de un fiat 600 en el que jugábamos con mis amigos, vi el rostro de mis hijos cuando apenas habían nacido, el cordón de una vereda, el sillón de mi abuela y a mi abuela agachándose para alcanzarme un libro de cuentos que me había comprado. Sentí la brisa del mar y me senté en alguna playa que había conocido, me perdí entre las montañas que se alzaban detrás de la Laguna Negra, caminé por todas las calles que inconscientemente había transitado y entré nuevamente en casas, en bares y en fiestas. Luego me sentí dentro de un torbellino de palabras y frases, luego recordé sonrisas, personas y me di cuenta que yo mismo había dispuesto una serie de límites y que esos límites me habían permitido ser yo y no otro.

            Entre tanto caos recordé finalmente que había cruzado la puerta, que el viejo me había dicho que no la dejara abierta, recordé el silbido y a mi amigo. Todo dejó de existir entonces, me sentí encerrado y aunque no podía respirar sentí que me faltaba la respiración. Recordé el bar de Belgrano, el Pasaje Vélez, el gomero de grandes raíces, la mancha en el vidrio y volví, no me pregunten cómo, pero de un momento a otro ya no estaba en ese cuarto ni en ese salón, ni en la casa de ventanas anaranjadas. Creo que salí por otra puerta a diez o doce cuadras de allí – aunque no podría asegurarlo porque nunca vi esa puerta- .   

            Caminé despacio y aturdido hacia el bar donde todo había comenzado. Me senté en una mesa de afuera, tal vez la misma donde se habían sentado las mujeres. Miré el celular, habían pasado casi dos horas desde la última vez que lo había visto. Al rato llegó mi amigo.

-         Sabés – le dije luego de un largo rato en el que permanecimos callados   tengo miedo que este no sea nuestro mundo, todo parece igual pero siento que algo cambió, espero que esto no haya sido una experiencia con efecto Mariposa porque me muero.

-         No seas boludo – me dijo sonriendo – conociste el fin del mundo, cómo no querés sentirte diferente.

-         Es que fue una cosa tan rara – le dije – yo pensé si es que en algún momento pensé que era cierto, que iba a haber como un acantilado, una cosa así pero no, no había nada, nada de nada. Me la pasé recordando un montón de cosas sin sentido como por ejemplo….

            Me dí cuenta que no recordaba nada de lo que había visto, escuchado o sentido.

-         ¡No me acuerdo de nada! – exclamé – no me acuerdo pero se que vi, escuché y sentí cosas, pero no se cuales

-         La verdad – me dijo mi amigo – yo tampoco.

                        Tomamos una cerveza y antes de irnos nos llegamos hasta el Pasaje Vélez. Habíamos estado allí y sabíamos que una mujer había vomitado pero no encontramos las ventanas anaranjadas, ni una casa, ni un venezolano. Sabíamos ambos que habíamos estado frente a la puerta con el cartel ridículo y que un viejo había silbado. Nos miramos con incredulidad.

¿Vos dejaste la puerta abierta?

 

Alejandro Horacio Barletta

               

 

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