PASAJE
VELEZ
“…To
die, to sleep; To sleep: perchance to dream: ay, there's the rub; For in that sleep of death what
dreams may come When we have shuffled off his
mortal coil, Must give us pause: there's the respect That makes calamity
of so long life; For who would bear the whips and scorns of time…”
(Hamlet
III, 1, 60)
Prefiero caminar, le dije a Ara mientras contaba la
cantidad de cervezas que habíamos tomado en un viejo Pub de Belgrano.
Preferi caminar a recordar el inusual suceso que por esas
circunstancias del destino tuvimos que
vivir mientras pensábamos que íbamos a
comer.
Es difícil elegir cual de las dos situaciones es mas
digna de relatar, la primera inusual pero real, la segunda casual, inimaginable.
Toda situacion tiene una causa que la antecede y la de
aquella caminata era en verdad absurda y desagradable.
Nos habíamos citado como todos los viernes del año para
hablar de infinidad de cosas que se nos venían a la mente en la semana. La gran
mayoría de esos pensamientos, desaparecían en esas veladas y algunos pocos se quedaban
como esperanzas de proyectos que nunca se concluían. No importaba para nosotros
que el mundo conspirara contra nuestro afán creativo, esos momentos de catarsis
coronado por algunas pintas de cerveza eran suficientes para permitirnos volar
nuevamente durante la obsoleta semana que se avecinaba.
Mientras transcurría nuestra amena charla de anécdotas y recuerdos
que proponían conocer quizás otras vidas que habíamos tenido antes de
conocernos, unas mujeres se sentaron en la mesa dispuesta al lado de nuestra
ventana. Las mujeres siempre llaman la atención, aunque la conversación sea tan
introvertida y cerrada que no permita percibir siquiera el entorno normalmente
ruidoso de un bar o un restaurant.
Más allá de su condición de género, lo cierto es que nos
taparon la vista que antes teníamos, donde se podían ver las vías del
ferrocarril que esporádicamente pasaba y una plaza que al anochecer comenzaba a
ser el resguardo de inevitables personajes.
Intentamos, proseguir con el tema que habíamos dejado por
breves instantes, pero la conversación y su consecuente conclusión se perdió en
esos lugares misteriosos de los cuales, salvo en sueños, ya no podía regresar.
Hablamos entonces de los límites que se llevan innatos o
no y de aquellas razones que permiten entender el por qué de las decisiones de
la vida.
Las mujeres se reían mientras tomaban unos tragos coloridos
y adornados con hojas de menta o rodajas de naranja. Los gritos de ellas, aún
con el vidrio separándonos de sus palabras, nos hacían detener de vez en cuando
para hacer alguna estupidez como levantar nuestro vaso para hacer un brindis
lejano y sin sentido.
Fue así como la más pequeña de estatura se levantó tambaleándose
entre las sillas de sus amigas y luego de apoyarse con sus brazos en la
ventana, lanzó tal vez todo el alimento y la bebida que había consumido en el
día. El vidrio se mancho de un líquido viscoso y rosáceo, que Ara se quedó
mirando.
En ese mismo momento, porque nada suele suceder de manera
antojadiza, el mozo llegó a nuestra mesa con una picada muy bien presentada.
-
Disculpame – le dijo mi amigo repitiendo la cerveza que casi
llegaba al borde de su boca, tal vez preparándose para hacer una obra de arte también
de nuestro lado de la ventana – la verdad que se me fue el apetito.
-
Traeme la cuenta de lo otro – dije yo – y decile al dueño que
nos perdone pero mirá lo que paso – terminé de decirle, señalándole el otrora
vidrio transparente.
El mozo hizo un gesto de desagrado pero entendió la
situación. Al rato estábamos caminando por el costado de la antigua estación,
mirando un gomero centenario cuyas raíces trazaban los mismos caminos que el
líquido desencantador que nos había evitado continuar en aquel bar y en aquella
charla.
Como dije al principio, los más absurdos o atroces eventos
son la causa de otros que permiten descubrir que la existencia tiene al menos
un sentido; aunque muchas veces la cadena parezca interminable y pesada y el
tiempo no alcance para vislumbrar apenas un final.
Nuestro camino nos llevo al límite de ese corredor colmado
de árboles frondosos y plantas que el tiempo había permitido que fueran
gigantes. Mi amigo frenó su marcha y entusiasmado comenzó a caminar alrededor
de un cartel indicador de calles.
-
¡Este es el pasaje Velez! – exclamó mostrándome el cartel – Acá
a la vuelta esta el fin del mundo – dijo con seguridad.
Sonreí, era una buena idea, el fin del mundo siempre
estaba en algún lado, sin embargo, no parecía el lugar adecuado para esa meta
incongruente que el ser humano siempre había tenido.
Mi amigo comenzó a caminar hacia el final del pasaje, yo
lo seguí, no por creer lo que decía sino porque debíamos volver juntos y el
lugar parecía ser uno de esos donde una vez perdido y con varias copas encima,
el regreso podía llegar a dificultarse.
Lo alcancé y mientras él miraba hacia todos lados me
explicó que una tarde, en su infancia, habían entrado a una de esas misteriosas
casas abandonadas de Belgrano, y que dentro de un mueble cubierto de polvo y
desplomado sobre el piso, había encontrado un papel amarillento que sólo decia
“el fin del mundo se encuentra detrás de las cuatro ventanas anaranjados del
pasaje Velez". El hallazgo hizo que su travesura continuará con la
búsqueda de aquel pasaje, pero fue infructuosa, no existía tal lugar en
Belgrano. Anduvieron mucho tiempo adentrándose en aquellos lugares que podían
coincidir con la descripción, pero nunca lo encontraron. Luego, con el paso de
los años, lo olvidaron.
-
Mirá – me dijo mostrándome una casa con cuatro ventanas cubiertas
por una cortina anaranjada que dejaba apenas ver una luz tenue y varias figuras
moviéndose en el interior.
Sonreí, pero un leve escozor me invadió no me gustaban mucho las cosas metafísicas y
mucho menos si venían acompañadas de relatos de antiguas casas abandonadas,
polvo y travesuras infantiles.
Mi amigo golpeó la puerta de la casa de
las ventanas, esperamos apenas unos segundos y la abrió un joven en musculosa
que nos saludó con acento venezolano.
-
Pasen - nos dijo indicando una gran sala llena de gente.
Había algunos que estaban sentados
en el piso de cerámicas rojizas y otros se distribuían en un sillón de tres
cuerpos y unas sillas destartaladas. Al fondo cuatro o cinco personas hacían una
fila en silencio y frente a una puerta.
Mi amigo se me adelantó y caminó
hacia allí. Era una puerta que alguna vez había estado pintada de blanco. En el
medio tenía un cartel escrito a mano con una fibra negra que decía “Fin del mundo”.
Me largué a reir. Mi amigo intentó correrme del lugar afligido.
-
¿Estás loco? – me dijo preocupado.
-
Que querés que haga – le dije intentando calmarme – No pude evitarlo
y te juro que tenía miedo hace un rato pero cuando vi el cartel…
-
Esta gente cree – me explicó.
-
Me imagino – le dije pensando en volver al Pasaje y de ahí al
auto y a mi casa.
-
Hagamos la cola, dale – me imploró mi amigo juntando sus
manos.
Pensé unos momentos que no existía otra cosa más
divertida que estar en ese lugar y por lo tanto accedí. Nos pusimos al final de
la cola y descubrimos que se entraba una vez que un viejo escondido detrás de
una lámpara de pie hacía un silbido. Juro que pensé en irme varias veces más,
pero no quería estropear la última pista de la búsqueda del tesoro de Ara.
-
Pasá vos primero – me dijo – si paso yo, seguro que no vas a
entrar.
-
Voy a entrar no te preocupes – le contesté – pero para que te
quedes tranquilo voy primero.
Un rato después era mi turno, el viejo me miró de arriba abajo.
Me llamó y me dijo: - No deje la puerta abierta, ya perdimos tres salones como
éste.
Le sonreí. Escuché el silbido y entré.
Al principio intenté buscar alguna llave que encendiera la
luz, no veía nada. Luego me dí cuenta que mi cuerpo había desaparecido.
Al no poder desplazarme tampoco sabía si había paredes o límites.
Comencé a desesperarme pero nada que
hiciera podía modificar ese estado en el que me encontraba, no estaba yo, no
estaba mi cabeza, mi boca, ni mis pies ni mis rodillas.
Tardé unos minutos en darme cuenta que en verdad si
estaba porque mi mente no me había dejado y no tenía nada que hacer salvo
pensar o recordar – que muchas veces suele ser lo mismo - .
Sin ojos sin sonidos sin olores sin gustos. Nada. Había
llegado a la meca de los incrédulos, sin embargo todo ese espacio tal vez
infinito lo ocupaba yo de manera inconmensurable.
Al rato me di cuenta que podía reproducir imágenes y
sonidos. Recordé una canción de Simon y Garfunkel y comencé a tararearla aunque
no se escuchara “The sound of the silence”. Luego vi nítidamente el ciprés
caído sobre el tejado de una casa tras un tornado en 1974, estuve en la ronda
en el jardín de infantes, en el esqueleto de un fiat 600 en el que jugábamos
con mis amigos, vi el rostro de mis hijos cuando apenas habían nacido, el
cordón de una vereda, el sillón de mi abuela y a mi abuela agachándose para
alcanzarme un libro de cuentos que me había comprado. Sentí la brisa del mar y
me senté en alguna playa que había conocido, me perdí entre las montañas que se
alzaban detrás de la Laguna Negra, caminé por todas las calles que inconscientemente
había transitado y entré nuevamente en casas, en bares y en fiestas. Luego me
sentí dentro de un torbellino de palabras y frases, luego recordé sonrisas,
personas y me di cuenta que yo mismo había dispuesto una serie de límites y que
esos límites me habían permitido ser yo y no otro.
Entre tanto caos recordé finalmente que había cruzado la
puerta, que el viejo me había dicho que no la dejara abierta, recordé el
silbido y a mi amigo. Todo dejó de existir entonces, me sentí encerrado y
aunque no podía respirar sentí que me faltaba la respiración. Recordé el bar de
Belgrano, el Pasaje Vélez, el gomero de grandes raíces, la mancha en el vidrio
y volví, no me pregunten cómo, pero de un momento a otro ya no estaba en ese
cuarto ni en ese salón, ni en la casa de ventanas anaranjadas. Creo que salí
por otra puerta a diez o doce cuadras de allí – aunque no podría asegurarlo
porque nunca vi esa puerta- .
Caminé despacio y aturdido hacia el bar donde todo había
comenzado. Me senté en una mesa de afuera, tal vez la misma donde se habían
sentado las mujeres. Miré el celular, habían pasado casi dos horas desde la
última vez que lo había visto. Al rato llegó mi amigo.
-
Sabés – le dije luego de un largo rato en el que permanecimos
callados – tengo miedo que este no sea nuestro mundo,
todo parece igual pero siento que algo cambió, espero que esto no haya sido una
experiencia con efecto Mariposa porque me muero.
-
No seas boludo – me dijo sonriendo – conociste el fin del
mundo, cómo no querés sentirte diferente.
-
Es que fue una cosa tan rara – le dije – yo pensé si es que
en algún momento pensé que era cierto, que iba a haber como un acantilado, una
cosa así pero no, no había nada, nada de nada. Me la pasé recordando un montón
de cosas sin sentido como por ejemplo….
Me dí cuenta que no recordaba nada de lo que había visto,
escuchado o sentido.
-
¡No me acuerdo de nada! – exclamé – no me acuerdo pero se que
vi, escuché y sentí cosas, pero no se cuales
-
La verdad – me dijo mi amigo – yo tampoco.
Tomamos una cerveza y antes de irnos nos
llegamos hasta el Pasaje Vélez. Habíamos estado allí y sabíamos que una mujer
había vomitado pero no encontramos las ventanas anaranjadas, ni una casa, ni un
venezolano. Sabíamos ambos que habíamos estado frente a la puerta con el cartel
ridículo y que un viejo había silbado. Nos miramos con incredulidad.
¿Vos dejaste la puerta
abierta?
Alejandro Horacio Barletta